Testimonios - En la sociedad
MANERAS DE VIVIR
Ni siquiera un tiempo más propio de diciembre que de mayo impidió que miles de burgaleses participaran con entusiasmo en el Rosario de la Aurora
Angélica González / Burgos
Después del soberano sablazo que ZP les dio el miércoles a todos los españoles menos a los banqueros, igual la cosa cambia. Pero, si sigue como hasta ahora, los sindicatos mayoritarios deberían tomar buena nota de la Milicia de Santa María si quieren que su próximo 1 de mayo tenga el esplendor que ayer demostró el Rosario de la Aurora a pesar de que llovía a cántaros, el termómetro no superaba los 3 grados y el día no acababa de amanecer porque el cielo estaba tan negro como (dicen que está) la conciencia de Camps, alias Juan sin Miedo.
Eran miles los creyentes que se pegaron el tremendo madrugón para poner las aceras y acercarse a la Plaza del Rey San Fernando con el objeto de rezar con fervor a la Virgen de Fátima en su día, el mismito que en 1917 bajó a la tierra y se les apareció a tres pastorcillos portugueses, cuya vida no volvió a ser igual desde entonces. Quienes piensen que este rosario es cosa de un par de abuelas, cuatro monjas y un monaguillo, se equivoca de medio a medio. Un gentío de casi todas las edades. Y con tan buenos pulmones, que a las 6,30 de la mañana rezaban y cantaban con inusitado brío para sorpresa (sospecho) de los vecinos del centro, más acostumbrados al bullicio que propician las copas nocturnas entre el que no deben destacar las alabanzas a la Madre de Dios.
Al frente de la disciplinada grey se encontraba el arzobispo Francisco Gil Hellín que, en plena forma, pidió para todos los presentes la bendición de Santa María y el alivio a sus múltiples preocupaciones. Luego, en la homilía les recordaría que lo realmente importante es ser amigo de Dios. Un amigo influyente, sin duda.
La fe católica exige compromiso y mortificación y tal. Pero hasta cierto punto. Así que el recorrido habitual se hizo a toda pastilla, como si dijéramos, para evitar que el personal cogiera una pulmonía por la humedad. Andando sobre las aguas, los creyentes atravesaron Paloma y Laín Calvo, Capitanía, un trocito de la Avenida del Cid, Santander (en sentido contrario al de la circulación pero bajo la atenta mirada de varios números de la Policía Local, que cortaron el tráfico para dejar fluir el rosario, pero que no se animaron a salir del coche), Espolón y vuelta a la Plaza del Rey San Fernando, de donde había salido.
La imagen, acubierto
La organización perfecta y a punto. Un coche al principio, otro en el medio y un tercero cerrando la comitiva, bien pertrechados con megafonía para que nadie se perdiera un detalle de los misterios. La imagen de la advocación de Fátima -llegada de la parroquia de la Anunciación- salió bien cubierta (parecía que en papel film) para evitar que se empapara, porque aunque no tenga gran valor artístico sí que lo tiene emocional. Tanto como el hecho de que el Papa estuviera ayer mismo en Fátima.
Esta circunstancia fue recordada profusamente por los presentes, parecía que era un come-come que todos tenían. Un canónigo de la Catedral se lo comentaba a una devota, momentos antes de iniciarse el acto. José María Caballero, de la Milicia de Santa María, a esta cronista bajo el diluvio universal. Y el propio obispo a todos los presentes, primero en la calle y luego en misa de la que desertaron, por cierto, bien pocos participantes del Rosario.
Sí, Benedicto XVI andaba en Fátima rodeado por medio millón de fieles que quisieron prestarle su adhesión en unos momentos, digamos, delicados para el clero, puesto en el disparador a cuenta de ese pecado tan feo (y de nombre tan horrible) llamado pedofilia, ante el cual el cardenal Antonio Cañizares dejó clara en Burgos el lunes pasado la postura de la Iglesia española. El santo varón vino a decir que más valiera que muchas familias se miraran dentro de sí antes de andar criticando a los curas. Que sí, que algún caso hay y que por él piden perdón una y otra vez, pero que son los menos.
En el mismo sentido, un portavoz de la Iglesia lusa explicaba que tanto portugués apoyando al Papa quería decir «que los católicos saben distinguir entre los casos de abusos a menores entre sacerdotes, que son excepciones, y la mayoría de los siervos de Dios». Algo parecido debía pensar nuestro Gil Hellín porque en su temprana homilía hizo una referencia a las miserias que todos tenemos «y también los sacerdotes». Es lo que viene siendo coger el toro por los cuernos a la manera vaticana.
Su intervención giró alrededor de la idea de acercarse a Dios «en un mundo que cada vez se encuentra más lejos de Él». El Señor, decía, «no ha venido al mundo para juzgarlo sino para salvarlo», de manera que sería bueno que se cumpliera el deseo «de que tocara nuestro corazón», para lo que pidió ayuda a la Virgen de Fátima.
Fuera de la Catedral, una anciana de rostro dulce repartía folletos que anunciaban la novena de Santa Rita de Casia y la lluvia amainaba. No tanto como cuando el milagro de Cova de Iría, en el que no solo cesó sino que el sol comenzó a moverse de un lado a otro para pasmo de los presentes, pero sí para caminar con tranquilidad.
A esas horas -las ocho, más o menos- la ciudad se desperezaba. Los bares calentaban las cafeteras. Las emisoras de radio escupían una y otra vez los exabruptos económicos del presidente, las cuitas de Garzón y, sobre todo, los goles de Forlán. Una de ellas, en un arranque de genialidad, pinchó una mítica canción de Rosendo, conocido atlético. No podía ser otra: Maneras de vivir.
Diario de Burgos, 14 de mayo de 2010
