25 aniversario de la partida al cielo del P. Eduardo Laforet
23 de noviembre de 2009: 25 aniversario de la partida al cielo del P. Eduardo Laforet
Homilía P. Eduardo
Queridos hermanos:
Nos reunimos en esta mañana temprano, ofreciendo un sacrificio a la Virgen, para celebrar algo grande; para alegrarnos todos con un don del cielo: el don de un nuevo sacerdote.
El don del sacerdocio. Es este un don de Dios. Uno de los más grandes que Él nos concede. El más grande, Jesucristo. El más grande, la Eucaristía, la presencia real de Cristo. Pero después, el sacerdocio; que precisamente prolonga esa presencia real de Cristo en medio de los hombres. Para nuestra salvación, para nuestro bien.
Ciertamente son momentos de mucha alegría y días de mucho gozo. Pero no solamente para celebrar, no solamente para gozarnos, sino también para reflexionar, también para pensar.
¿Qué nos quiere decir Dios con todo esto? Yo creo que la Virgen esta mañana nos reúne aquí para darnos también un mensaje, una petición, una súplica.
Mirad: el sacerdocio es un don de Dios. Y es un don de Dios a vosotros. Elige a uno entre vosotros, uno igual a vosotros, también miserable y pecador como vosotros. Y lo elige para vosotros. Pone al sacerdote en vuestras manos.
El sacerdote, en primer lugar, es un consagrado, es un segregado de la comunidad cristiana, de la Cruzada-Milicia en este caso. El Señor porque quiere lo elige.
En el evangelio de hoy vemos que hay una discusión acerca de Jesús. Y precisamente una discusión por su origen. “¿Pero el Mesías no tiene que ser así, y proceder de esta familia y hacer esto?”. Los planes de Dios son muy distintos. Dios hace lo que quiere y con quien quiere. Es una elección gratuita, plena y totalmente gratuita.
Dios elige a quien quiere. Elige a uno, a dos, a tres, a muchos, al sacerdocio, al sacerdocio en la Cruzada-Milicia.
Es un consagrado. Es decir, que de alguna manera se diferencia de los demás. Por la imposición de las manos recibe un carácter distinto de los demás miembros del pueblo cristiano. Es configurado con Cristo sacerdote. De una manera especialísima. Por eso de alguna manera viste de forma diferente, actúa de manera diferente. Tiene una misión particular.
Pero fijaos. Esta consagración, que la hace Dios porque quiere y a quien quiere, no es independiente de nosotros. Dios hace lo que quiere, pero con la libertad humana. Por eso somos responsables también de esa consagración. ¿En qué sentido? Fijaos: muchos de vosotros sois padres de familia; y vuestros hijos son precisamente, quizás, aquellos a los que Dios llama, a los que Dios elige. Y Dios deja actuar a los instrumentos humanos. Y entonces un padre de familia en primer lugar debe alegrarse de que su hijo sea llamado al sacerdocio.
No solamente debe alegrarse cuando es elegido su hijo, sino que debe estar pidiéndolo continuamente. “Pedid al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Pues pedid; pedir que vuestros hijos, alguno de vuestros hijos, sea elegido sacerdote.
Otros sois miembros de la Cruzada-Milicia, miembros jóvenes quizás, con un porvenir por delante todavía no concretado. A lo mejor algunos de vosotros sois llamados al sacerdocio. Tenéis que pedir también que envíe obreros a su mies el Señor. ¿Y por qué no vais a ser algunos de vosotros? Tenéis que estar abiertos a lo que Dios quiere, a todas las vocaciones. Pero, quizás, sea al sacerdocio. Estad atentos a la llamada de Dios.
Otros sois miembros responsables de la Institución. Tenéis también que pedir; pedir mucho por los sacerdotes; que os envíe obreros, que os envíe sacerdotes. Porque los necesitáis, porque cumplen una función que es insustituible. Y alegraros, alegraros porque el Señor os envía sacerdotes.
En fin, que todos debemos pedir; pedir mucho para que el Señor elija, y elija a aquellos que Él quiere, porque quiere hacer con ellos…. ¡Él sabe!
En segundo lugar, el sacerdote no solamente es un consagrado, sino que es un enviado. Es segregado, es separado de alguna manera del resto del pueblo cristiano. En la Cruzada-Milicia es de alguna manera segregado, pero no separado, no distanciado. No es mandado a un lugar extraño, lejano; no es para dejarlo aislado. Sino que es para ser enviado. Para ser enviado en primer lugar a la misma Cruzada-Milicia, a la misma Iglesia, y después al mundo entero, a todos los hombres para la salvación.
Pero, fijaos: también todos vosotros sois responsables de ese envío. Porque vosotros hacéis posible ese envío. Vosotros estáis metidos en todas las estructuras humanas donde el hombre se desarrolla, donde el hombre vive. Allí donde el hombre se salva o se condena. En definitiva: en el mundo.
Pero el sacerdote es enviado al mundo. Y vosotros debéis ayudar al sacerdote a que llegue al mundo. Vosotros solos no podéis hacer la redención. Y los sacerdotes solos tampoco pueden hacer la redención. Nos necesitamos unos a otros. Vosotros abrís camino, cerráis camino, estáis en el camino del sacerdote. Y el sacerdote está en vuestro camino; desde el principio; en el medio y en el fin de vuestro apostolado y de vuestra vida laical.
Entonces sois responsables de ese envío, de ese envío del sacerdote al mundo. En definitiva él es el que lleva los misterios de la salvación, lleva el perdón de los pecados, lleva el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Lleva los sacramentos, lleva su oración por el mundo, su bendición universal, su consuelo de padre.
Entonces debéis amar mucho al sacerdote para saber presentar el sacerdote al mundo, y acercar a los hombres que están alejados, en un mundo de hoy secularizado, alejados de la Iglesia, con tantos prejuicios, que dicen: “Cristo, Dios, sí, bien…”; pero la Iglesia la mayoría de la gente, pues no la “traga”, por decirlo mal y pronto. Tienen muchos prejuicios, mucho alejamiento. Pues nosotros debemos dar ese rostro de la Iglesia amable, ese rostro de salvación, ese rostro de misericordia. Sois vosotros. Y el sacerdote necesita que vosotros deis esa visión, necesita que preparéis las almas, y le traigáis las almas, y le abráis campos y horizontes. Tenéis que amar mucho el sacerdocio.
Los sacerdotes también somos pecadores, somos débiles, somos miserables. Vosotros debéis cubrir con vuestra alegría, con vuestro testimonio, con vuestra palabra, cubrir esos defectos del sacerdote. No dejéis deshonrar al sacerdocio.
Fijaos: ninguno de vosotros toleraría que la sagrada eucaristía fuera profanada, que fuera maldecida, que fuera injuriada. Pues el sacerdote es uno con la Eucaristía. El sacerdote es el hombre de la eucaristía, es el hombre que ofrece el cuerpo de Cristo y se ofrece con Él; forman una unidad indisoluble. Decís que amáis a Cristo; lo sé que le amáis. Pero, ¿queréis un termómetro para saber si amáis a Cristo? ¿Cómo tratáis al sacerdote? ¿Cómo hacéis que el sacerdote sea presentado ante el mundo?
Pero hay otra tercera dimensión. No solamente el sacerdote es consagrado y es enviado al mundo, sino que también tiene una misión especialísima. Esa misión que estamos viendo de Cristo en estos días que se van acercando de la Pascua. El sacerdote tiene que revivir en sí mismo, y hacer revivir a los demás, el misterio pascual, de la muerte y la resurrección.
El sacerdote, de alguna manera, toma sobre sí igual que Cristo en la Hostia Santa, los pecados del mundo, las miserias del mundo, los dolores del mundo. Es un drama que quizás no aparece a la vista de los fieles cristianos. Es algo de lo que se habla poco, porque son cosas íntimas del sacerdote. Pero el sacerdote es víctima con Cristo. Es sacerdote y víctima. Y él soporta sobre sí ¡tantas cosas!, tantos pecados, tantas miserias, tantos sufrimientos. Y lo hace con alegría, y lo hace con la fuerza de Dios, con la fuerza de Cristo. Evidentemente, es Cristo en él. Por eso vive alegre en su vocación; alegre de ir a la muerte. Pero va a la muerte, a una muerte mística, y a una muerte real también.
Me diréis: “Todos sufrimos”. Claro. Todos sufrís. Pero fijaos: vuestro sufrimiento tiene valor en tanto en cuanto se une al sufrimiento de ese sacerdote. Es decir, al sufrimiento de Cristo, a la pasión de Cristo. Pero que el sacerdote lleva en sus manos, que lleva en su corazón.
Entonces tenéis que pedir también mucho por los sacerdotes y ofrecer con el sacerdote, y al sacerdote. Apoyaros en el sacerdote en esos sufrimientos que tenéis, en esos dolores, en esas miserias. ¡Tantas cosas que nos suceden! Descargar sobre el sacerdote eso. Con amor. Es decir, descargar y llevar con él. Porque el sacerdote necesita vuestro apoyo. No abandonéis al sacerdote, sino rodeadle de ese cariño, de esa caridad fraterna, de ese amor de amigos verdaderos. Porque el sacerdote es el amigo de todos, el hermano de todos.
Yo creo que ese es el mensaje de responsabilidad que la Virgen nos da esta mañana, nos quiere dar esta mañana. Él, como Ella, tiene mucha confianza en vosotros, y por eso os da sacerdotes. Es decir, es un gesto de confianza que la Cruzada-Milicia tenga sacerdotes y muchos sacerdotes, porque sabe la Virgen que los vais a cuidar, que los vais a alimentar, que los vais a sostener. Y vais a formar con ellos, vamos a formar todos, esa unidad indisoluble: que todos seamos uno, como el Padre y el Hijo. Así como cada persona de la Trinidad tiene su misión propia, también nosotros, familia, somos imagen de la Trinidad. Cada uno tiene una misión propia, pero todos unidos, en un mismo ser, en un mismo espíritu; sin recelos, sin problemas, buscando siempre la caridad, el servir a los demás, el considerar a los demás superiores. Pues es un gran don. Y la Virgen confía en nosotros, en que podemos llevar adelante esa misión: de ser esa parte de la Iglesia como Dios la quiere, plena, completa, para la salvación del mundo.
Nos confiamos todos a la oración de la Virgen. Ella es la Madre, la que reúne a todos, la que nos dice lo que debemos hacer. Encomendemos esta obra maravillosa que es la Cruzada-Milicia, en todas sus ramas, a la Santísima Virgen, a sus pies, en esta mañana, alegrándonos por ese gran don, dándole gracias, y alabándole a Ella porque en definitiva la Cruzada-Milicia es María, y nosotros no somos más que las manos de María. Dos manos: derecha, izquierda; sacerdotes, laicos, matrimonios, vírgenes, todos; siendo las manos de la Virgen para la salvación del mundo. Que así sea.
