Editorial Revista Hágase-Estar nº 238Septiembre 2008

Hijos del mismo Padre

En su última y colosal encíclica, Benedicto XVI propone para nuestro tiempo vivir el "humanismo cristiano", la visión y comprensión del hombre que halla su fundamento en el Evangelio y en la persona de Jesucristo.

El humanismo cristiano ve al hombre como miembro de la gran familia humana, familia de los hijos de Dios. Basa su dignidad en su condición de persona creada a imagen y semejanza de Dios, dignidad mermada por el pecado, pero confirmada y restaurada mediante la redención obrada por Cristo.

El trasfondo del humanismo cristiano y su raíz más honda es sobrenatural, pero la gracia, la acción divina, ni anula ni merma la naturaleza humana, antes bien, la supone y la perfecciona.

La Iglesiano tiene un "programa político" concreto, sino que tiene un "programa de hombre", del hombre nuevo renacido por la Gracia. Es el modelo que se muestra en la naturaleza humana de Cristo. Dios, al crear al hombre, lo hizo según el modelo de su Hijo, que es la verdadera y original imagen de Dios.

Pero la naturaleza humana, decíamos, se ve afectada por una debilidad que, aunque adquirida y no constitutiva, la hace verse sujeta a la ignorancia, al sufrimiento y la muerte, e inclinada al mal. El hombre no es malo por naturaleza, sino perfectible y defectible. Un acontecimiento histórico, el pecado original, acto de desconfianza y de soberbia que rompió la amistad primigenia con Dios, ha traído consigo el desorden para todo el género humano.

Esta ruptura de la relación primera no es definitiva porque Dios ha decidido redimir al hombre y restaurar el vínculo original por medio de un acontecimiento: la Encarnación del Hijo. Por ella Dios reafirma su confianza en la naturaleza humana y manifiesta en la doble naturaleza de Cristo el destino y la dignidad a la que sigue llamando al hombre. Cristo es la reconciliación del hombre con Dios. Con la redención, Cristo devuelve definitivamente al ser humano la dignidad y el sentido de su existencia.

Pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y hacen de su vida un combate espiritual. Ignorar este punto da lugar a graves errores en la educación, la política, la psicología y las costumbres. La vida del hombre sobre la tierra, así pues, es una lucha, en la que el ser humano ha de empeñarse continuamente para adherirse al bien, aunando su esfuerzo con la ayuda sobrenatural de Dios para lograr la unidad en sí mismo, con Dios, con sus semejantes y con la creación entera.

La vocación esencial del hombre consiste en amar y ser amado. Su realización estriba precisamente en el don de sí mismo, es decir en el amor más pleno. El mandamiento del amor conduce al pleno reconocimiento de la dignidad de todo hombre, "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (G. Spes, n.24). Frente a la tentación permanente de autosuficiencia que ignora la evidencia del pecado original y sus consecuencias, es preciso descubrir el don que nos sostiene y nuestra vocación a convertirnos nosotros mismos también en don.

El desarrollo integral del hombre, unidad de alma espiritual y cuerpo, no es otro que el dinamismo de la caridad en la verdad que libera y dignifica.

El hombre, afirma Benedicto XVI, "no es un átomo perdido en un universo casual", sino un hijo amado de Dios, que es Padre de todos nosotros. Y la auténtica riqueza del hombre no consiste en satisfacer las necesidades materiales ni en llegar a ser dueño de todo, sino en plasmar en su existencia única e irrepetible la imagen del Creador, su destino de comunión eterna.