Editorial Revista Hágase-Estar nº 237julio agosto de 2009

El camino de la felicidad

El verano llega con sus expectativas de descanso y diversión. Para todos, desde los más pequeños hasta los más mayores, el sol y el cambio de ritmo en muchos trabajos, empezando por las vacaciones escolares, invitan a cambiar también de actividad y a disfrutar del tiempo de ocio.

Hay una gran mentira que se ha convertido en dogma y que hace del verano un tiempo especialmente apropiado para su difusión: que la vida es diversión. Que el bien y la felicidad consisten en pasarlo bien. Y que la felicidad se consigue con dinero. El hedonismo es la ideología hoy más extendida.

Divertirse no es malo, por supuesto; es una forma de descanso cuando el cambio de actividad nos equilibra y nos proporciona verdadero gozo. Pero no es un fin o un bien en sí mismo. No es lo mismo el goce placentero que el gozo y la alegría auténticos, y menos aún que la felicidad. El mero deleite placentero, efímero y superficial, que puede ser intenso pero no profundo, promete mucho pero da poco, deja insatisfacción en el alma y no llena de verdad. Y además nos hace vulnerables y manipulables. Puede ser fuente de esclavitud.

El verdadero gozo, la alegría auténtica que llena el corazón humano, brota del logro del bien verdadero, de lo que hace crecer el alma, de la conciencia de ser bendecido por un amor más grande que el sufrimiento y las derrotas. Y el mayor Bien, el que buscamos en el fondo y más allá de todas las cosas, no es simplemente algo. Es Alguien que entiende lo que hay en corazón humano y lo que busca.

Benedicto XVI no dudaba en decírselo a los jóvenes: "Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro "sí" al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que he dicho al principio de mi pontificado: "Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera". Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo." (Colonia, 19.08.05)

La felicidad, ha recordado también el Papa, no es un fin en sí misma, no es un ídolo. Es el resultado gratuito de haber hallado el Bien. No la busquemos donde no está. "La alegría cristiana brota de esta certeza: Dios está próximo, está conmigo, está con nosotros, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, como amigo y esposo fiel. Y esta alegría permanece también en la prueba, en el sufrimiento misino, y permanece no superficialmente, sino en lo profundo de la persona que se entrega a Dios y confía en Él. Si en cambio se hace de la felicidad un ídolo, se yerra de camino y es verdaderamente difícil encontrar la alegría de la que habla Jesús. Es ésta, lamentablemente, la propuesta de las culturas que sitúan la felicidad individual en el lugar de Dios, mentalidades que tienen su efecto emblemático en la búsqueda del placer a toda costa, en la difusión del consumo de drogas como huida, el refugio en paraísos artificiales que se revelan después completa-mente ilusorios." (16.12.07)

El verano es un momento para hacer la experiencia de dedicar tiempo a Dios y a los demás, para formarse, para compartir lo que amamos y buscamos. Para seguir dando lo mejor de nosotros mismos.

Este es el camino de la felicidad, una felicidad que no se compra con dinero.