Editorial Revista Nueva Vida1 de Enero de 2009

El final del período navideño puede ser un buen momento para reflexionar sobre nuestra propia vivencia del nacimiento del Niño Jesús. Una de las aportaciones de San Ignacio de Loyola a la orden jesuita y, por ende, al militante de Santa María que se precie reside en el examen de conciencia o balance. Principalmente al atardecer del día pero también cuando terminamos cualquier actividad o período.

Cada vez se nos dice más, pero resulta sencillo experimentar en propia carne lo que muchos –y quizá nosotros también- viven en este tiempo. Una etapa como otra más, sepultando el verdadero sentido en un mar de regalos, felicitaciones del equinoccio o de las fiestas –en vez de felicitar la Navidad con mayúscula.

¿Y yo? ¿Ha significado el advenimiento del Pequeño de Belén un cambio o un giro en el modo de afrontar mi realidad? Si la respuesta es negativa, conviene reflexionar y poner el remedio antes de que sea demasiado tarde. Todavía hay posibilidad de recuperar la Navidad.

Pero, a lo mejor, “¿Estamos tan lejos del establo porque somos demasiado finos y sesudos para estar en él?¿No nos enredamos también nosotros en interpretaciones eruditas de la Biblia, en demostrar la autenticidad del lugar histórico, al punto de quedarnos ciegos para el mismo Niño y no captar nada de él?¿No estamos también nosotros demasiado en Jerusalén, en el palacio, afincados en nosotros mismos, en nuestra arrogancia, como para poder escuchar por la noche la voz de los ángeles, acudir al pesebre y adorar?”, afirma el Papa Benedicto XVI.

Para seguir adorando al Niño, surge la excusa de los exámenes, de otras actividades, del peso de la rutina que nos agobia con su trajín de prisas y tareas. La venida de Jesús como niño pobre y débil nos debe servir para mirar la realidad con nuevos ojos, con renovadas perspectivas.

Las iniciativas que tenemos entre manos, ya sean a nivel de Milicia o a nivel personal y familiar, no funcionarán de igual manera si mantenemos el portal como referencia. Momento de confianza filial y de encarar este tiempo de trabajo con esperanza y dando fruto. Amigos, hermanos, que se note que el Señor ha nacido. Ahora que ya nadie sigue colocando el nacimiento en casa, juguemos ese papel: aparezcamos ante los demás como nacimiento vivo. Sin que sea para recibir elogios ni nada parecido: ojalá, en el examen de cada noche, veamos que en nosotros desciende la resistencia a la Gracia y que la reforma se va logrando.

Las heroicidades de estos meses hasta el comienzo de la Cuaresma pasan por nuestro estudio, nuestro trabajo, nuestra casa, nuestro hogar y nuestro apostolado. Este último apartado cobra una relevancia especial con el proyecto musical que tenemos entre manos o la actividad semanal en cada hogar (para los que viven solos en sus provincias se dirigen nuestras mejores plegarias y bendiciones, también nuestro contacto para forjar la amistad).